Un día me pregunté dónde estaba el límite, dónde acababa lo bueno y empezaba lo malo,
dónde terminaba la diversión y comenzaba el dolor, dónde debía parar.
Alguien me dijo que no debía parar.
Solo cambiar de dirección.
Tenía razón.
Así que empecé a preguntarme que dirección escoger, si seguir hacia delante traspasando una línea, para mí invisible hasta el momento, o si dar la vuelta.
¡Los límites no existen mientras seas feliz! (me dijo también):
Jamás intentaré volver sobre mis pasos:
Allí estaba el límite.
No es que esté establecido y no puedas traspasarlo, y yo lo hiciera.
Es que los límites, nuestros propios límites, los únicos que realmente existen y se ven, los que asignas al mundo porque te impiden ser feliz, debemos llevarlos siempre en los talones...